COMENTARIO
En el salmo anterior se recordaba la pérdida del Arca y el abandono divino del santuario de Siló, como castigo por los pecados del pueblo (cfr Sal 78,59-61); ahora la oración se eleva después de la destrucción del Templo de Jerusalén el año 587 a.C. (Sal 79,1; cfr Sal 74), una desgracia similar aunque de mayor trascendencia. Pero el pueblo sigue siendo el mismo rebaño del Señor (Sal 79,13) que en otro tiempo fue guiado por Moisés y Aarón (cfr Sal 77,21) y pastoreado por David (Sal 78,70-72). Por eso puede elevar su súplica angustiosa en la nueva tribulación.
El salmista, en nombre del pueblo, comienza presentando ante Dios las desgracias que les han acarreado los gentiles (vv. 1-4), y a continuación eleva dos súplicas iniciadas con interrogación: la primera, pidiendo a Dios que cese de castigarles a ellos y que castigue a los gentiles (vv. 5-9); la segunda, rogándole que les conceda la liberación (vv. 10-12). Concluye con la promesa de alabanza por parte del pueblo (v. 13).
Al rezar este salmo el cristiano pide para la Iglesia lo que el salmista suplicaba para el antiguo pueblo de Dios: perdón de los pecados, auxilio en las tribulaciones y protección frente a los asaltos de los poderes adversos. Pero, siguiendo la enseñanza de Jesús, supera los sentimientos de venganza presentes en el texto del salmo, y los reemplaza por los de perdón pidiendo la gracia de la conversión también para los enemigos de la Iglesia.