COMENTARIO
Hay un orden en la presentación de las desgracias. Primero en lo más santo: el pueblo de Israel —«tu heredad»—, el Templo y Jerusalén, ciudad de Dios (v. 1); después, en la muerte de los fieles del Señor con el agravante de quedar insepultos (vv. 2-3); por último, en la humillación política y social (v. 4).