COMENTARIO
El salmo anterior presentaba ante el Señor la ruina del Templo y de Jerusalén (cfr Sal 79,2-4); ahora se le presenta la devastación sufrida por las tribus del norte (Sal 80,3). La conciencia del pueblo ante Dios, de ser «ovejas de tu rebaño» (cfr Sal 79,13) lleva a invocarle como Pastor (Sal 80,2). La oración cobra un tono más vivo y más confiado. Es muy posible que la situación descrita sea la de la invasión asiria del reino del Norte (cfr 2 R 17,1-6).
Un estribillo en el que se condensa la súplica (vv. 4.8.20) marca tres pasos en la oración. Primero (vv. 2-3), la urgente invocación a Dios para que intervenga; segundo (vv. 5-7), la queja al Señor exponiéndole el sufrimiento que padece el pueblo; tercero (vv. 9-19), la confesión de ser su pueblo: su viña arrasada (vv. 9-14), que eleva una nueva súplica (vv. 15-17) y hace una profesión de confianza (vv. 18-19).
Las imágenes empleadas en este salmo —Dios Pastor, el pueblo viña o vid— son recogidas en el Nuevo Testamento para expresar la nueva relación de Dios con los hombres mediante nuestro Señor Jesucristo. Jesús se presenta como el Pastor que guía a su pueblo, la Iglesia, y ama a sus ovejas hasta dar la vida por ellas (cfr Jn 10,14-18). En sus enseñanzas Jesús utiliza la imagen de la viña para significar al pueblo propiedad del Señor, y Él mismo se compara a la vid de la que reciben vida los sarmientos, los llamados a formar parte del nuevo pueblo de Dios (cfr Jn 15,1).