COMENTARIO
El Dios Pastor de Israel es el Dios todopoderoso en los Cielos, el «Dios de los ejércitos» (cfr Sal 59,6; 84,9; Dt 4,19); a Él y a su ira en el castigo —«arderás de ira»— se debe, en definitiva, el sufrimiento del pueblo, descrito ahora como constante llanto (v. 6) y oprobio (v. 7).
La expresión «en abundancia» (v. 6) es traducida por los Setenta y la Vulgata «con medida», en el sentido de «con moderación». Así lo comprende San Agustín que lo aplica a las tribulaciones de la vida cristiana: «Los hay, en efecto, que, cuando oyen hablar de las tribulaciones venideras, se fortalecen más, y es como si se sintieran sedientos de la que ha de ser su bebida. Piensan que es poca cosa para ellos la medicina de los fieles y anhelan la gloria de los mártires. Mientras que otros, cuando oyen hablar de las tentaciones que necesariamente habrán de sobrevenirles, aquellas que no pueden menos de sobrevenirle al cristiano, aquellas que sólo quien desea ser verdaderamente cristiano puede experimentar, se sienten quebrantados y claudican ante la inminencia de semejantes situaciones. Ofréceles el alivio de la consolación, trata de vendar sus heridas. (…) Pues a él le fue dicho: Nos diste a beber lágrimas, pero con medida. De modo que el salmista, al decir con medida, viene a decir lo mismo que el Apóstol: No permitirá él que la prueba supere vuestras fuerzas. Sólo que tú no has de rechazar al que te corrige y te exhorta, te atemoriza y te consuela, te hiere y te sana» (Sermones 46,5,12).