COMENTARIO
En el salmo anterior se pedía a Dios que escuchase la súplica (cfr Sal 80,2); ahora es Dios quien pide al pueblo que le escuche a Él (Sal 81,9; cfr Sal 50). La pregunta de por qué sobrevino el castigo (cfr Sal 80,13) encuentra ahora la respuesta divina: Israel no obedeció (Sal 81,12). Como en los salmos anteriores, José es el representante del pueblo (cfr Sal 78,59-60.67; 80,2-3; 81,6). Los prodigios del pasado recordados en Sal 78,24-25 se prometen para el futuro si el pueblo escucha (Sal 81,11.17). La celebración de las acciones salvadoras de Dios en el pasado se une a la invitación a la fidelidad.
Se inicia el salmo con la invitación a la alabanza a Dios en una festividad decretada por Él (vv. 2-6), y a continuación se recoge un oráculo (vv. 7-17) en el que habla el Señor recordando que Él fue el liberador del pueblo (vv. 7-8) y exhortando a éste a escucharle (vv. 9-13) para poder salvarle (vv. 14-17).
En este salmo queda resaltada la esperanza que Dios seguía poniendo en que su pueblo le escuchase. Muestra así la manera de actuar de Dios, que aparece con mayor claridad en el Evangelio: Dios es el Padre que espera la vuelta del hijo pródigo para colmarlo de manifestaciones de amor (cfr Lc 15,11-24). Y Jesús, dirigiéndose a Jerusalén y llorando por ella, se lamenta diciendo: «¡Si conocieras también tú en este día lo que te lleva a la paz! Sin embargo, ahora está oculto a tus ojos» (Lc 19,42).