COMENTARIO

 Sal 81,14-17 

Dios sigue a la espera de que el pueblo se convierta a Él y le obedezca para colmarle de favores: salvarle de los enemigos (vv. 14-15), hacer que sea respetado por todos los pueblos (v. 16), y darle abundancia de bienes (v. 17).

La invitación a escucharle y a obedecer su voluntad, que el Señor dirige a su pueblo en este salmo, es aplicable a todas las circunstancias de la vida humana, aun las más dolorosas. Incluso en ellas Dios sigue siendo «nuestra fuerza», como enseñaba desde su propia experiencia San Josemaría: «Iubilate Deo. Exsultate Deo adiutori nostro (Sal 81,2). Alabad a Dios. Saltad de alegría en el Señor, nuestra única ayuda. Jesús, quien no lo comprenda, no conoce nada de amores, ni de pecados, ¡ni de miserias! Yo soy un pobre hombre, y entiendo de pecados, de amores y de miserias. ¿Sabéis lo que es estar levantado hasta el corazón de Dios? ¿Comprendéis que un alma se enfrente con el Señor, le abra su corazón, le cuente sus quejas? Yo me quejo, por ejemplo, cuando se lleva junto a Él a gente de edad temprana, cuando aún podría servirle y amarle muchos años en la tierra; porque no lo entiendo. Pero son gemidos de confianza, pues sé que, si me apartara de los brazos de Dios, tropezaría enseguida. Por eso, inmediatamente, despacio, mientras acepto los designios del Cielo, añado: hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima Voluntad de Dios, sobre todas las cosas. Amén. Amén» (Amigos de Dios, n. 153).

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