COMENTARIO
Viene ahora el juicio de Dios dirigido a los «dioses», «hijos del Altísimo» (v. 6). No está claro si su trasfondo remoto podía hacer referencia a los reyes de las naciones que rodeaban a Israel, que se creían dioses y gobernaban injustamente, o a los dioses que ellos adoraban. El texto actual parece referirse a los guías de Israel —reyes o jueces— que abusan de su poder (cfr 1 S 8,3; Ez 34,4.21) en contra del pobre (cfr Is 1,16-17), a pesar de haber recibido de Dios su función: en ese sentido pueden ser llamados «dioses, hijos del Altísimo» (v. 6; cfr Sal 58,2), y su conducta trastorna el orden querido por Dios (v. 5). Sobre esos «dioses» realiza Dios su juicio. Al no reconocer que el único Juez es Dios, con su injusticia quebrantan el orden del mundo establecido por Dios mismo en la creación (v. 5, que puede ser comentario del salmista al oráculo). La sentencia de Dios sobre ellos les sitúa en su verdadera condición: morirán como todos los hombres (v. 7). Sólo Dios es el verdadero Juez y Rey. Jesucristo citó palabras del v. 6 —«Yo dije: “sois dioses”»— para que los judíos que le escuchaban no le llamasen blasfemo cuando se declaraba «Hijo de Dios» (Jn 10,34-36). Al igual que los judíos de su tiempo, Jesús entiende que los «guías» del pueblo, a los se «dirigió la Palabra de Dios» pueden ser llamados «dioses» porque Dios les ha otorgado capacidad y sabiduría para conducirlo. Pero si ellos no lo guían con justicia y verdad (cfr Jn 10,12), y «la Escritura no puede fallar» (Jn 10,35), Jesús, santificado y enviado al mundo por el Padre para conducir al pueblo a la salvación, puede llamarse con verdad y realmente Hijo de Dios. Así se cumplen las palabras de este salmo.