COMENTARIO

 Sal 85,11-14 

Con la imagen del fruto producido por la lluvia que baja del cielo y por la fecundidad de la tierra (v. 13) el salmista proclama que también la salvación llega por el encuentro entre la misericordia de Dios que perdona y la fidelidad que Él mantiene a sus promesas. De los cielos vendrá el perdón —«justicia»—; en la tierra se cumplirán sus promesas —«fidelidad y paz»— (vv. 11-12). Es una de las expresiones mas bellas de la forma de actuar de Dios que encontramos en la Sagrada Escritura. «El pueblo de la Antigua Alianza conoció esta miseria [del pecado] desde los tiempos del éxodo, cuando levantó el becerro de oro. Sobre este gesto de ruptura de la alianza triunfó el Señor mismo, manifestándose solemnemente a Moisés como “Dios de ternura y de gracia, lento a la ira y rico en misericordia y fidelidad” (Ex 34,6). Es en esta revelación central donde el pueblo elegido y cada uno de sus miembros encontrarán, después de toda culpa, la fuerza y la razón para dirigirse al Señor con el fin de recordarle lo que Él exactamente había revelado de Sí mismo y para implorar su perdón. Y así, tanto en sus hechos como en sus palabras, el Señor ha revelado su misericordia desde los comienzos del pueblo que escogió para Sí y, a lo largo de la historia, este pueblo se ha confiado continuamente, tanto en las desgracias como en la toma de conciencia de su pecado, al Dios de las misericordias. Todos los matices del amor se manifiestan en la misericordia del Señor para con los suyos» (S. Juan Pablo II, Dives in misericordia, n. 4).

Muchos comentaristas espirituales ven en los vv. 11 y 12 la Encarnación redentora del Verbo, la unión de la divinidad y la humanidad en Jesucristo. Y por eso, también San Atanasio podrá decir: «Ciertamente la verdad y la misericordia se besaron mediante la verdad que trajo al mundo la siempre Virgen Madre de Dios» (Expositiones in Psalmos 84).

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