COMENTARIO

 Sal 86,11-13 

El salmista pide poder corresponder con su vida a lo que Dios ha hecho por él —«andar en tu fidelidad»— y reverenciarle con sinceridad de corazón (v. 11). Es la súplica central de este salmo. Junto a ello, promete alabanza en reconocimiento del auxilio divino que le ha librado de la muerte (vv. 12-13).

El «camino» (v. 11) que Dios ha enseñado definitivamente al hombre es Cristo Jesús, que dijo de sí mismo: «Yo soy el camino» (Jn 14,6). San Agustín recurre a esta realidad para enseñar que Cristo es el camino de la oración del cristiano: «No pudo Dios hacer a los hombres un don mayor que el de darles por cabeza al que es su Palabra, por quien ha fundado todas las cosas, uniéndolos a Él como miembros suyos, de forma que Él es Hijo de Dios e Hijo del hombre al mismo tiempo, Dios uno con el Padre y hombre con el hombre, y así, cuando nos dirigimos a Dios con súplicas, no establecemos separación con el Hijo, y cuando es el cuerpo del Hijo quien ora, no se separa de su cabeza, y el mismo salvador del cuerpo, nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es el que ora por nosotros, en nosotros y es invocado por nosotros. Ora por nosotros como sacerdote nuestro, ora en nosotros por ser nuestra cabeza, es invocado por nosotros como Dios nuestro. Reconozcamos, pues, en Él nuestras propias voces y reconozcamos también su voz en nosotros» (Enarrationes in Psalmos 85,l).

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