COMENTARIO

 Sal 87,4-6 

Se introduce, como un oráculo, lo que dice el Señor. El sentido más obvio, y el que ha seguido la tradición, es que Dios hará que Egipto —«Rahab» (cfr Is 30,7)— y Babilonia, las grandes naciones hostiles a Israel, se conviertan al Dios de Israel, es decir, se contarán entre los que le reconozcan (cfr Is 19,21). Por ello, junto con otros pueblos de menor relieve en la costa mediterránea y en el sur, sus habitantes se considerarán como nacidos en Jerusalén e incorporados al pueblo de Dios. Esta interpretación viene avalada por otros pasajes del Antiguo Testamento que muestran la universalidad de la salvación (cfr Gn 12,3; Is 2,2-3; 19,23-25; 66,18-20; etc.). Pero las últimas palabras del v. 4 —«han nacido allí»— también pueden entenderse como referidas a los judíos de la diáspora que residen en esos países, en cuyo caso Dios advertiría a esas naciones que cada uno de los miembros del pueblo elegido, residan donde residan, es hijo de Jerusalén. De cualquier forma a Jerusalén le será reconocido cada uno de sus hijos, sean quienes sean y estén donde estén, porque la ciudad pertenece a Dios (v. 5). Un reconocimiento que se expresa —acudiendo a la imagen de los censos, cfr Nm 1,1-3; Esd 2,1-67— como inscripción especial en el libro en el que Dios tiene registrados a todos los hombres (v. 6).

También el cristiano tiene a la Jerusalén celestial, la Iglesia, por madre, pues por ella nace a la vida de la gracia: «La salvación viene sólo de Dios; pero puesto que recibimos la vida de la fe a través de la Iglesia, ésta es nuestra madre: “Creemos en la Iglesia como la madre de nuestro nuevo nacimiento, y no en la Iglesia como si ella fuese el autor de nuestra salvación” (Fausto de Riez, De Spiritu Sancto, 1,2). Porque es nuestra madre, es también la educadora de nuestra fe. (…) La fe de la Iglesia precede, engendra, conduce y alimenta nuestra fe. La Iglesia es la madre de todos los creyentes. “Nadie puede tener a Dios por Padre si no tiene a la Iglesia por Madre” (S. Cipriano, De Ecclesiae unitate, 6)» (Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 169 y 181).

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