COMENTARIO

 Salmo 88 

Es el último de los salmos de los hijos de Coré agrupados en este lugar (Sal 84-88) y, al mismo tiempo, viene atribuido a un tal Hemán, al parecer un cantor del Templo (v. 1). Quizá oscilaba su transmisión entre una y otra colección, y han sido las afinidades con Sal 86 las que han motivado su inserción aquí como segundo salmo de súplica de los hijos de Coré (cfr Sal 85). En Sal 86 se suplicaba al Señor «todo el día»; ahora de «día» y de «noche» (Sal 88,2) porque la angustia (cfr Sal 86,7) es más intensa. En Sal 86,13 el salmista se veía librado de la muerte (sheol), mientras que en Sal 88,7 se ve abocado a ella. La desgracia que torna una y otra vez hace más viva y confiada la oración.

Comienza con la invocación al Señor y la petición de auxilio (vv. 2-3) motivadas por la grave situación en la que se encuentra el salmista (vv. 4-6), porque el Señor le ha puesto en ella (vv. 7-10). Tras intentar con unos interrogantes persuadir a Dios para que actúe (vv. 11-13), de nuevo se le pide auxilio y se le pregunta por qué (vv. 14-15). Termina con una nueva manifestación de los sufrimientos del salmista (vv. 16-19).

En la antigüedad, y también recientemente, algunos intérpretes ven reflejado en este salmo el dolor de Israel en la cautividad de Babilonia, mientras que otros suponen la situación de un hombre enfermo, herido de lepra como el rey Ozías (cfr 2 R 15,5) o de otra enfermedad mortal como Ezequías (cfr 2 R 20,1-11). En cualquier caso, en el texto de este salmo puede verse anticipado el sufrimiento de Cristo en la pasión cuando experimenta, con la máxima intensidad, la angustia y la tristeza ante la muerte (cfr Mc 14,34-36).

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