COMENTARIO
Con este salmo y la alabanza final se cierra la parte III del libro de los Salmos. En correspondencia con el final de la parte II, también ahora se concluye con una oración por el rey (cfr Sal 72). En ella no aparecen expresamente perspectivas de futuro, como tampoco aparecían en el salmo anterior (cfr Sal 88,19); pero las preguntas dirigidas al Señor implican, como allí, una esperanza (cfr Sal 88,2.11-13.15; 89,2-3.47.49).
Comienza, a modo de introducción (vv. 2-5), proclamando el poder y la misericordia del Señor (vv. 2-3) y recordando la Alianza que hizo con David (vv. 4-5). Después desarrolla en primer lugar la manifestación del poder y de la misericordia de Dios (vv. 6-19): su poder en el cielo (vv. 6-9) y en la tierra (vv. 10-15), y la dicha de Israel protegido por Él (vv. 16-19). Luego se fija en la Alianza y en la Promesa a David tal como Dios la pronunció (vv. 20-38): su elección como rey y la promesa de un linaje perpetuo (vv. 20-30), y el anuncio de castigo si no guarda la Ley (vv. 31-38). A continuación se expone ante Dios lo sucedido al rey derrotado por sus enemigos (vv. 39-46) y, urgiendo al Señor a cesar en su cólera (vv. 47-50), se le pide que atienda al sufrimiento de su pueblo y del rey (vv. 51-52). Termina con una expresión de alabanza al Señor (v. 53).
La oración que se eleva a Dios en Sal 89 fue escuchada por Él, no reponiendo política y militarmente la antigua monarquía, sino exaltando al Hijo de David, Jesús, como rey eterno, y cumpliendo así sus promesas. La Iglesia emplea este salmo (vv. 2-5.27.29) en la festividad de San José, mostrando así que en él Dios ha cumplido lo prometido, haciendo nacer a Jesús de la casa de David.