COMENTARIO

 Sal 89,20-30 

Dios fue quien eligió al rey (v. 20), lo ungió (v. 21) y le prometió fuerza frente a sus enemigos (vv. 22-24) y un reino desde el Mediterráneo al Éufrates y al Tigris (vv. 25-26). Le hizo además la promesa de una relación paterno–filial con Él y de un linaje perpetuo (vv. 27-30; cfr 2 S 7,13; Sal 2). San Juan en el libro del Apocalipsis aplica a Jesucristo resucitado las palabras del v. 28 al llamarle «primogénito de los muertos», «el Príncipe de los reyes de la tierra» (Ap 1,5).

Al aplicar este salmo a Jesucristo, la tradición cristiana se fija especialmente en el v. 27: «Aquí, aquel que se encarnó en virtud de la economía divina llama a Dios su propio padre: “Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios” (Jn 20,17). Porque es de Él de quien habla el profeta, porque, profetizando acerca del niño engendrado, le llama “Dios fuerte, padre del mundo venidero” (Is 9,6)» (S. Atanasio, Expositiones in Psalmos 88).

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