COMENTARIO
El oráculo introducido aquí es la voz del Señor que habla a su pueblo en el momento presente —«hoy» (v. 7)—, para que la alabanza sea sincera. Es un «hoy» que se hace actual cada vez que se recita el salmo. Se trata de una advertencia para que no se repita la rebeldía del desierto (cfr Sal 78; Ex 17,7), y no suceda a quienes alaban al Señor lo que sucedió a los de aquella generación (vv. 10-11; cfr Nm 14,30.34). Tentar a Dios o ponerle a prueba es querer comprobar su bondad y su fidelidad obligándole a actuar, como si sus acciones anteriores fueran insuficientes para mostrarlas. «Me hastió» (v. 10) es un antropomorfismo con el significado de «me disgustó». El «descanso» (v. 11) es la tierra prometida a la que, como castigo divino, no entró la generación del desierto (cfr Nm 14,21-32).
En la Carta a los Hebreos encontramos un comentario a estos versículos presentados como palabras del Espíritu Santo (cfr Hb 3,7): puesto que la generación del desierto no entró en la tierra prometida y, sin embargo, Dios sigue advirtiendo todavía de la posibilidad de no entrar en el descanso, quiere decir que en el salmo el descanso no se refiere a la tierra, sino a aquel otro descanso que Dios instituyó al comienzo de la creación, el sábado, anticipo del descanso definitivo, la gloria del cielo. «Porque, si Josué les hubiera proporcionado el descanso, Él no habría hablado después sobre otro día. Queda por tanto reservado un tiempo de descanso para el pueblo de Dios. Porque quien entra en el descanso de Dios, descansa también él de sus trabajos, lo mismo que Dios de sus obras. Apresurémonos a entrar en ese descanso, a fin de que ninguno caiga en la misma clase de desobediencia» (Hb 4,8-11).
En el peregrinar de nuestra vida hacia la patria celestial es necesario dejarnos guiar por el Señor, acudiendo a Él y escuchando constantemente su voz: «Cuando emprendas alguna obra buena, lo primero que has de hacer es pedir constantemente a Dios que sea Él quien la lleve a término, y así nunca lo contristaremos con nuestras malas acciones, a Él, que se ha dignado contarnos en el número de sus hijos, ya que en todo tiempo debemos someternos a Él en el uso de los bienes que pone a nuestra disposición. (…) Y, abiertos nuestros ojos a la luz divina, escuchemos bien atentos la advertencia que nos hace cada día la voz de Dios: Si escucháis hoy su voz, no endurezcáis el corazón; y también: Quien tenga oídos oiga lo que dice el Espíritu a las Iglesias. ¿Y qué es lo que dice? Venid, hijos, escuchadme: os instruiré en el temor del Señor. Caminad mientras tenéis luz, antes que os sorprendan las tinieblas de la muerte. Ceñida, pues, nuestra cintura con la fe y la práctica de las buenas obras, avancemos por sus caminos, tomando por guía el Evangelio, para que alcancemos a ver a aquel que nos ha llamado a su reino. Porque, si queremos tener nuestra morada en las estancias de su reino, hemos de tener presente que para llegar allí hemos de caminar aprisa por el camino de las buenas obras» (S. Benito, Regula, Prólogo 4-22).