COMENTARIO
Se canta al Señor como a un guerrero victorioso porque salvó a su pueblo en el éxodo y en la vuelta del destierro. Al brazo de Dios (v. 1) se alude en Ex 15,16 y en Is 40,10; 51,5.9; etc. Dios actuó en virtud de la Alianza (v. 3), y lo han contemplado todos los pueblos, de forma que así ha mostrado a todos su salvación (cfr Sal 96,10; Is 52,10). «¡Oh, hermanos e hijos, vosotros que sois brotes de la Iglesia universal, semilla santa del reino eterno, los regenerados y nacidos en Cristo! Oídme: Cantad por mí al Señor un cántico nuevo. “Ya estamos cantando”, decís. Cantáis, sí, cantáis. Ya os oigo. Pero procurad que vuestra vida no dé testimonio contra lo que vuestra lengua canta. Cantad con vuestra voz, cantad con vuestro corazón, cantad con vuestra boca, cantad con vuestras costumbres (…). ¿Preguntáis qué alabanzas debéis cantar? Resuene su alabanza en la asamblea de los fieles. La alabanza del canto reside en el mismo cantor. ¿Queréis rendir alabanzas a Dios? Sed vosotros mismos el canto que vais a cantar. Vosotros mismos seréis su alabanza, si vivís santamente» (S. Agustín, Sermones 34,3-6).