COMENTARIO
La acción de Dios como Rey es ejercida en la tierra estableciendo, mediante la Ley, lo que es recto, y juzgando según ello a su pueblo Israel —«derecho y justicia» (v. 4; cfr Sal 97,2)—. Éste ha de proclamar ante el Arca —«estrado de sus pies», en paralelismo con el Templo o «monte santo» en el v. 9— su santidad (v. 5). En la interpretación cristológica de este salmo, la tradición cristiana entendió que la expresión «estrado de sus pies» hace referencia a la humanidad de Cristo en cuanto que ésta fue asumida en la Encarnación, o en cuanto que fue glorificada en la Resurrección. En el primer sentido apunta Orígenes cuando escribe: «Alguno ha dicho que el estrado de los pies es la carne de Cristo que debe ser adorada por motivo de Cristo. Y Cristo debe ser adorado por motivo del Verbo de Dios que está en Él» (Selecta in Psalmos 98,5). La aplicación al cuerpo resucitado del Señor es, sin embargo, preferida por San Jerónimo: «He leído en el libro de un autor: “Se trata, dice, de la Encarnación, es decir, que [el salmo] afirma que el Hombre que Dios se dignó asumir en María, es Él mismo, el estrado de sus pies”. Aunque en realidad el hombre haya estado asumido —y, delante de Dios, toda criatura es estrado de sus pies— aun en este caso, este estrado fue estrechamente unido con Dios y con aquel que está sentado con Él. Daos cuenta de lo que me atrevo a afirmar. Lo que un día fue estrado yo lo adoro de la misma manera que el trono. Y aunque hayamos conocido a Cristo según la carne, ahora no lo conocemos ya más según la carne (2 Co 5,16). Admitamos que haya sido estrado antes de la muerte, antes de la resurrección, cuando comía, cuando bebía, cuando tenía nuestros mismos sentimientos. Pero después de resucitar y ascender victorioso al cielo yo no distingo entre el que está sentado y el que es estrado: en Cristo todo es trono. Tú me preguntarás y me dirás: “¿Por qué?”, o “¿cómo?”. Yo no sé de qué modo, y, sin embargo, creo que es así» (Breviarium in Psalmos 98,5). La Santísima Humanidad de Cristo merece adoración, culto de latría, por su unión hipostática con el Verbo de Dios.