COMENTARIO
Este salmo, situado tras los que cantan la realeza del Señor (Sal 93-99) es como su conclusión lógica: el Señor merece la alabanza de toda la tierra (v. 1; cfr Sal 99,1; 98,4; 97,5; etc.), y de su pueblo (v. 3; cfr Sal 99,2; 98,3; 97,8; etc.), al tiempo que su misericordia y su fidelidad son reconocidas como eternas (v. 5; cfr Sal 98,3; 96,13; etc.). En este cántico se condensan la fe y la esperanza de Israel (cfr Sal 95,1-7; 117).
Contiene dos invitaciones (vv. 1-2 y v. 4), cada una seguida del motivo para ser secundada (v. 3 y v. 5): la primera dirigida a toda la tierra (v. 1), porque Dios ha elegido a su pueblo (v. 3); la segunda dirigida a quienes llegan al Templo (v. 4), porque la misericordia de Dios es eterna (v. 5).
Como si siguiera la invitación de este salmo, la Santísima Virgen elevó al Señor su canto de alabanza manifestando al mismo tiempo su alegría (cfr Lc 1,46-47). A Ella, en la Anunciación, se le ha revelado la bondad del Señor, y todas las generaciones (cfr Sal 100,5) lo proclamarán llamándole a ella bienaventurada (cfr Lc 1,48) y reconociendo a Dios como santo (Sal 99,3; Lc 1,49).