COMENTARIO
La sucesión de imperativos indica la fuerza de la invitación. «Servid al Señor» (v. 2) equivale a darle culto; pero también implica cumplir sus mandatos. La alabanza a Dios, si es sincera, va siempre unida a la alegría —ahora manifestada en la fiesta (v. 2; cfr Sal 30; 106; etc.)—, y es motivada por la fe —«el Señor es Dios» (cfr Dt 4,35.39)— y por la convicción de pertenecerle a Él, así como por la seguridad de caminar bajo su guía (v. 3). Por eso Eusebio de Cesarea exhorta: «Si no le servimos con alegría ni siquiera nos podemos atrever a presentarnos delante de Él» (Commentaria in Psalmos 99). Y San Agustín, por su parte, comenta: «Este salmo de alabanza nos manda y exhorta a regocijarnos en Dios. Pero no exhorta a que quien cante sea algún determinado ángulo de la tierra o una sola morada, o una sola reunión de hombres, sino que como Él derramó su bendición por todo el orbe, de cada parte de él reclama el regocijo» (Enarrationes in Psalmos 99,2).