COMENTARIO
El salmo retorna a la lamentación, resaltando ahora la muerte prematura del orante (vv. 24-25); pero, tras haberse contemplado la restauración de Jerusalén en los versículos anteriores, se puede ahora proclamar con más fuerza la eternidad de Dios (vv. 26-28). Tal eternidad se presenta como motivo para que Dios escuche la petición del v. 25. La Carta a los Hebreos entiende que las palabras de los vv. 26-28 fueron dichas sobre Jesucristo, y las cita literalmente para mostrar su superioridad sobre los ángeles, su divinidad (cfr Hb 1,10-12).
Las consecuencias que para la vida espiritual se derivan de la condición pasajera de este mundo frente a la eternidad de Dios, las pone de relieve San Juan de la Cruz al hilo de los vv. 27-28: «Ha, pues, el espiritual de purgar y oscurecer su voluntad en este vano gozo, advirtiendo que la hermosura y todas las demás partes naturales son tierra, y que de ahí vienen y a la tierra vuelven; y que la gracia y donaire es humo y aire de esa tierra; y que, para no caer en vanidad, lo ha de tener por tal y por tal estimarlo, y en estas cosas enderezar el corazón a Dios en gozo y alegría de que Dios es en sí todas esas hermosuras y gracias eminentísimamente, en infinito sobre todas las criaturas; y que, como dice David (Sal 102,27), todas ellas, como la vestidura, se envejecerán y pasarán, y sólo Él permanece inmutable para siempre. Y por eso, si en todas las cosas no enderezare a Dios su gozo, siempre será falso y engañado; porque de este tal se entiende aquel dicho de Salomón (Si 2,2), que dice hablando con el gozo acerca de las criaturas, diciendo: Al gozo dije: “¿Por qué te dejas engañar en vano?”; esto es, cuando se deja atraer de las criaturas el corazón» (Subida al monte Carmelo 3,21,2).