COMENTARIO

 Salmo 104 

Probablemente las frases inicial y final hayan sido introducidas al poner este salmo junto al anterior para darle estilo laudatorio y orientarlo a la liturgia. Sobre aquél, éste acentúa la alabanza específica por el gobierno divino sobre el mundo material y animal. Por otra parte, el salmo 107, que correspondería a éste en la estructuración concéntrica de los salmos 101-110, presenta asimismo una orientación didáctica sobre la forma de actuar de Dios: expone el dominio divino sobre las naves que surcan el mar (Sal 107,23-30; cfr Sal 104,26), y sobre las aguas de los manantiales (Sal 107,33-35; cfr Sal 104,10).

El himno se introduce con la afirmación de la grandeza de Dios a quien se alaba (v. 1). Se proclama después su morada celeste y su dominio sobre los elementos atmosféricos (vv. 2-4) y luego su obra de separar la tierra del abismo de las aguas (vv. 5-9). A continuación se describe cómo otorga el agua a la tierra y los efectos saludables que ésta produce (vv. 10-18), cómo rige la vida en la tierra mediante las estaciones y el día y la noche (vv. 19-23) y cómo determina con sabiduría lo que hay en el mar y los animales que pueblan la tierra (vv. 24-26). Se añade el reconocimiento de que Dios da a todos ellos el alimento y la vida (vv. 27-30). Como conclusión se proclama la gloria del Señor y su poder sobre la tierra (vv. 31-32), y el salmista expone sus sentimientos (vv. 33-35).

La alabanza a Dios por sus obras creadoras y providentes que se canta en este salmo se extiende en el Nuevo Testamento a Jesucristo. Él es el Verbo de Dios por el que fueron creadas todas las cosas (Jn 1,3), y por el que todo se mantiene en su ser —«Él es antes que todas las cosas y todas subsisten en él» (Col 1,17)—. La Iglesia emplea este salmo en la liturgia de la solemnidad de Pentecostés, día en que celebra la venida del Espíritu Santo como Persona divina, con la que culmina la nueva creación obrada por la Encarnación de Cristo y se manifiesta a la Iglesia.

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