COMENTARIO
Dios cuida, como un padre, de todos los seres vivos proporcionándoles alimento hasta que se sacian, y manteniéndoles vivos con su «espíritu»; el mismo espíritu que hizo al hombre un «ser vivo» al comienzo (cfr Gn 2,7). Las palabras del v. 30 las repite la Iglesia cuando pide a Dios que envíe el Espíritu Santo. Las recita también en la liturgia de Pentecostés y las glosa en la Secuencia de la Misa de ese día para anhelar la acción del Espíritu en el mundo y en el hombre: «Ven Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo. (…) Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos. Mira el vacío del hombre si Tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento. Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero» (Misal Romano, Secuencia de Pentecostés).