COMENTARIO

 Sal 106,13-33 

La descripción del pecado del pueblo en la protesta por falta de pan (vv. 13-15) presenta un progreso de menos a más: olvidar, no confiar, codiciar y tentar a Dios. Son los aspectos del pecado que van apareciendo también progresivamente al hilo del recuerdo de los distintos episodios del desierto: olvidar (v. 21), desconfiar (v. 24), comer (v. 28), irritar —tentar— (v. 32). Aunque Dios salva, no deja sin castigo, como indicaría la segunda parte del v. 15 —si bien los Setenta y la Neovulgata interpretan «hartura» en vez de «debilidad»—. La rebeldía contra Moisés y Aarón (vv. 16-18) está narrada en Nm 16. El episodio del becerro de oro (vv. 19-23) se recoge en Ex 32 (cfr Dt 9,7-21). «Su gloria» (v. 20) es en el texto hebreo más común «la gloria de ellos», aunque algunos manuscritos corrigen «la gloria de Él», pues la gloria sólo pertenece a Dios. En cualquier caso Dios es la «gloria de ellos». La murmuración en el desierto (vv. 24-27) se encuentra narrada en Nm 14,2-35; pero en el salmo el castigo se hace recaer no sólo sobre la generación del desierto (v. 26), sino sobre sus descendientes (v. 27) aludiendo al destierro (cfr v. 46). Al recordar los sucesos de Sitim (vv. 28-31) (cfr Nm 25,1-18) se alaba, como en el libro de los Números, el brutal acto de Fineás (o Pinjás) que dio muerte a un israelita y a la madianita que había tomado para sí. Trastocando el orden en el que aparecen los sucesos en el libro de los Números, termina la exposición de los pecados del pueblo en el desierto con el episodio de Meribá (vv. 32-33; cfr Nm 20,1-13; Ex 17,1-7), donde el pueblo «tentó a Dios» (Ex 17,7). El salmista muestra su empeño de disculpar a Moisés (v. 32), que por su especial relación con Dios es modelo de intercesor para el salmista (cfr v. 23): «De esta intimidad con el Dios fiel, tardo a la cólera y rico en amor (cfr Ex 34,6), Moisés ha sacado la fuerza y la tenacidad de su intercesión. No pide por él, sino por el pueblo que Dios ha adquirido. Moisés intercede ya durante el combate con los amalecitas (cfr Ex 17,8-13) o para obtener la curación de María (cfr Nm 12,13-14). Pero es sobre todo después de la apostasía del pueblo cuando “se mantiene en la brecha” ante Dios (Sal 106,23) para salvar al pueblo (cfr Ex 32,1-34,9). Los argumentos de su oración (la intercesión es también un combate misterioso) inspirarán la audacia de los grandes orantes tanto del pueblo judío como de la Iglesia. Dios es amor, por tanto es justo y fiel; no puede contradecirse, debe acordarse de sus acciones maravillosas, su gloria está en juego, no puede abandonar al pueblo que lleva su Nombre» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2577).

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