COMENTARIO
La forma de actuar de Dios con su pueblo motivaba la acción de gracias inicial (v. 1), y motiva ahora la petición por parte del pueblo (v. 47). La alabanza del v. 48 no sólo cierra este salmo sino la parte IV del libro. Posiblemente se trata de una adición de carácter editorial al hacer la agrupación final de los salmos en cinco «libros».
La misericordia de Dios hacia su pueblo, cantada en este salmo, ha llegado a su punto culminante y se ha hecho extensiva a todos los hombres en Jesucristo: «Éste es el Hijo de Dios, que en su resurrección ha experimentado de manera radical en Sí mismo la misericordia, es decir, el amor del Padre, que es más fuerte que la muerte. Y es también el mismo Cristo, Hijo de Dios, quien al término —y, en cierto sentido, más allá del término— de su misión mesiánica se revela a Sí mismo como fuente inagotable de la misericordia, del mismo amor que, en la perspectiva ulterior de la historia de la salvación en la Iglesia, debe confirmarse perennemente más fuerte que el pecado. El Cristo pascual es la encarnación definitiva de la misericordia, su signo viviente: histórico–salvífico y a la vez escatológico» (S. Juan Pablo II, Dives in misericordia, n. 8).