COMENTARIO
Este salmo, por el lugar que ocupa, viene en cierto modo a secundar la invitación con la que se cerraba el salmo anterior: «Quién sea sabio… entienda las misericordias del Señor» (cfr Sal 107,43). Las entiende el salmista, y las proclama (Sal 108,5). Los «pobres» (cfr Sal 107,41) o «predilectos» (Sal 108,7) del Señor gozan de su salvación. Se trata de la misericordia divina que, en correspondencia a como se canta en Sal 103 con el que el 108 guarda un paralelismo en el conjunto de Sal 101-110, es más grande que los cielos (cfr Sal 103,11; 108,5), mientras que del hombre poco puede esperarse (cfr Sal 103,14-16; 108,13).
El orante comienza expresando ante Dios su disposición a la alabanza (vv. 2-5) y continúa con la petición de que Dios actúe (v. 6) y salve a su pueblo (v. 7). A continuación presenta el oráculo de salvación pronunciado por el Señor (vv. 8-10) y expresa su confianza en que Él le llevará de nuevo a la victoria (vv. 11-14). La alabanza y la primera parte de la petición (vv. 2-6) reproducen Sal 57,8-12; la segunda parte de la petición y el resto del salmo (vv. 7-14) son copia de Sal 60,7-14. Se han unido dos piezas que encontramos en esos dos otros salmos para componer una nueva oración de alabanza que cante la manifestación de la misericordia de Dios con su pueblo dándole la victoria sobre los enemigos.
La alabanza a Dios por su misericordia, al librar al pueblo de sus enemigos para que pueda realizar proezas (v. 14), vuelve a resonar en el cántico de Zacarías ante el inminente nacimiento del Salvador, cuando el padre de Juan Bautista bendice a Dios por concedernos «que, libres de la mano de los enemigos, le sirvamos sin temor, con santidad y justicia en su presencia todos los días de nuestra vida» (Lc 1,73-74).