COMENTARIO

 Salmo 109 

Situado en este lugar, el salmo 109 completa la súplica por la salvación del pueblo (cfr Sal 108,7) con la petición por la salvación del salmista (Sal 109,26). Dios se alza para salvar a uno y a otro (cfr Sal 108,6; 109,31). Como en Sal 102, al que corresponde en el orden inclusivo de este grupo de salmos, Sal 109 pide la misericordia de Dios sobre un miembro del pueblo en situación de angustia (cfr Sal 102,14; 109,26).

Comienza con la apelación a Dios de un hombre acusado y odiado injustamente (vv. 1-5) y, a continuación, expresa sus deseos de un castigo divino a los impíos (vv. 6-15), y expone las malas acciones que merecen tal castigo (vv. 16-20). Después, el salmista pide para él, pobre y necesitado, la misericordia del Señor (vv. 21-25). Concluye con la petición de socorro para el orante y de venganza para sus enemigos (vv. 26-29), y con la promesa de alabar a Dios (vv. 30-31).

Una forma de entender este salmo y su estructura es suponer que los deseos expresados en los vv. 6-19 pertenecen a la acusación levantada contra el salmista y el v. 20 a su respuesta. Se evita así atribuir al autor del salmo los sentimientos expresados en esos versículos. Pero también puede entenderse que los vv. 6-15 son pronunciados ante un tribunal por algún enemigo del salmista (cfr vv. 2.4.28-29), y que éste responde (vv. 16-20) poniendo al descubierto la maldad de aquél. En este caso las palabras del salmista, que emplea frases comunes para indicar el castigo del Señor y desea que tal castigo se realice, reflejan la mentalidad de una época en la que todavía no se había llegado a la plenitud de la Revelación con Cristo y se actuaba conforme a la ley del talión.

El dolor del inocente perseguido sin razón y a pesar de su amor (vv. 3.4), lo experimentó en grado supremo nuestro Señor Jesucristo cuando gritó: «Mi alma está triste hasta la muerte» (Mt 26,38). Pero la actitud del Señor hacia sus perseguidores muestra cuál es la nueva ley del amor: pide a Dios el perdón para aquéllos, porque no saben lo que hacen (cfr Lc 23,34).

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