COMENTARIO
A modo de argumentación para justificar tales deseos se apela a la ley del talión: maldición completa (vv. 18-19), ya que no sólo no fue misericordioso con el pobre, sino que lo quiso eliminar (vv. 16-17). El salmista espera que Dios actúe aplicando esa ley a sus acusadores (v. 20). Debido a estas duras imprecaciones, en la liturgia actual de la Iglesia no se recita este salmo. Con todo, la Iglesia ha subrayado el carácter medicinal de estas expresiones: «En cuanto a las maldiciones de varones santos (cfr Sal 6; 79 y 109), pronunciadas contra impíos, es manifiesto, según la doctrina de los Santos Padres, que son o predicciones de males que habían de sucederles, o que eran dirigidas contra el pecado para destruir los efectos de la culpa, dejando a salvo las personas» (Catecismo Romano 4,5,7). En cualquier caso, para el lector cristiano las palabras de este salmo son, por contraste, una llamada a cambiar en perdón todo deseo de venganza: «También nosotros debemos perdonar a los que nos ofenden, ya que todos estamos bajo la mirada de nuestro Dios y Señor y todos compareceremos ante el tribunal de Dios, y cada uno dará cuenta a Dios de sí mismo» (S. Policarpo de Esmirna, Ad Philippenses 6,2).