COMENTARIO
Como continuando el salmo anterior (cfr Sal 111,10), en éste se expone la dicha de un hombre sabio y su conducta (Sal 112,1). Tal conducta se corresponde a la del Señor cantada en el salmo anterior y, como ésta, tendrá dimensión de eternidad (cfr Sal 111,3; 112,3b.9b). Además de servir de prólogo al grupo de Sal 113-118, este salmo, junto con el anterior, y de modo parecido a como sucede en Sal 1, Sal 34 y Sal 41, desvela al lector que la verdadera sabiduría está en reconocer al Señor, cumplir sus mandatos, alabarle y darle gracias.
Se proclama feliz a quien sigue la Ley del Señor (v. 1), y luego se va exponiendo en qué consiste esa dicha por comportarse con rectitud (vv. 2-9); finalmente se predice el fracaso de los impíos (v. 10).
La conducta requerida en este salmo sigue teniendo vigencia para que el hombre pueda ser feliz. Pero la felicidad no vendrá tanto por el reconocimiento de los demás —como se deja entender en el salmo y que no siempre se da—, sino por la recompensa de Dios que ve en lo secreto (cfr Mt 6,1-4).