COMENTARIO
Dentro del grupo de salmos que forman el Hallel, Sal 116 presenta la alabanza individual al Señor por parte del hombre fiel que ha sido salvado de la muerte (v. 3), ya que, como se concluía en el salmo anterior, los muertos ya no alaban al Señor (Sal 115,17). Sal 116 muestra que quien confía en el Señor (cfr Sal 115,11; 116,10) recibe su bendición (Sal 115,11.13; 116,5-6). Como en los salmos anteriores, el Señor es invocado como «nuestro Dios» (cfr Sal 113,5; 115,3; 116,5) y se apela a su Nombre (cfr 113,1-2; 116,4).
Comienza con la manifestación del salmista de que ama al Señor porque atendió su súplica (vv. 1-2), y expone a continuación la situación en que se encontraba: cómo invocó al Señor y éste lo salvó (vv. 3-6); por eso se invita a sí mismo a la calma y a ser fiel al Señor (vv. 7-9). Después da cuenta de la fe con la que suplicó al Señor (vv. 10-11), y de su deseo de agradecerle con sacrificios el bien recibido (vv. 12-14), reconociéndose su siervo (vv. 15-16) y prometiendo de nuevo sacrificios en el Templo (vv. 17-19).
Este salmo sirve al cristiano para expresar su amor al Señor y afianzar la paz interior que brota de saberse escuchado por Él, ya que, como dirá San Pablo, «si vivimos, vivimos para el Señor; y si morimos, morimos para el Señor; porque vivamos o muramos, somos del Señor» (Rm 14,8).