COMENTARIO
La invitación a la alabanza dirigida a las naciones incluye el reconocimiento de que el Señor es el Dios de todas ellas (cfr Sal 47,2-3; 67,3-5; etc.). La unión a la alabanza a Dios por parte de los gentiles y la fidelidad de Dios que cumple sus promesas, las ve San Pablo plenamente realizadas en Jesucristo y en la Iglesia, cuando cita expresamente este versículo como confirmación escriturística de su enseñanza: «Digo, en efecto, que Cristo se hizo servidor de los que están circuncidados para mostrar la fidelidad de Dios, para ratificar las promesas hechas a sus padres, y para que los gentiles glorificaran a Dios por su misericordia conforme está escrito: Por eso te alabaré a ti entre los gentiles, y cantaré en honor de tu nombre. Y de nuevo dice: Alegraos, naciones, con su pueblo. Y también: Alabad al Señor todas las naciones, y ensalzadle todos los pueblos» (Rm 15,8-11). Para el cristiano, estas palabras son un estímulo a esforzarse para que todas las gentes reconozcan al Señor. Éste fue el afán de almas que tuvieron los santos: «Aquel que tiene celo desea y procura, por todos los medios posibles, que Dios sea siempre más conocido, amado y servido en esta vida y en la otra, puesto que este sagrado amor no tiene ningún límite. Lo mismo practica con su prójimo, deseando y procurando que todos estén contentos en este mundo y sean felices y bienaventurados en el otro; que todos se salven, que ninguno se pierda eternamente» (S. Antonio María Claret, El egoísmo vencido 60).