COMENTARIO

 Salmo 119 

Está situado entre el grupo de salmos que forman el Hallel (Sal 113-118) y el de los «cantos de las subidas» que va a continuación (Sal 120-124). Es como una introducción a éstos, de manera similar a como otros salmos de carácter sapiencial preparan para la lectura de los que les siguen (cfr Sal 1; Sal 73; Sal 90; Sal 111-112). En este sentido, Sal 119 invita a reflexionar y a fortalecer los sentimientos correctos ante Dios antes de la iniciar la lectura de los «cantos de las subidas» que cantan la alegría de la peregrinación a Jerusalén y al Templo. Por otra parte, situado tras Sal 118, refleja quién es el justo que podrá entrar por la puerta del Señor (cfr Sal 118,20).

Está compuesto con un arte literario especial y un dominio excepcional de la lengua hebrea. Va siguiendo las letras del alfabeto y haciendo coincidir la primera letra de la primera palabra de cada ocho versículos con cada una de las veintidós letras hebreas. Resulta así una larga composición de 176 versículos. Todo el salmo esta dedicado a la Ley de Dios que es mencionada en cada versículo utilizando a lo largo del salmo nueve términos distintos: ley, preceptos, caminos, decretos, mandamientos, estatutos, juicios, palabras, promesa. No se percibe una unidad temática estricta en cada uno de los grupos de ocho versículos, ni una sucesión ordenada de argumento entre ellos, aunque sí hay algún punto de enlace entre cada grupo y el anterior. Dentro de cada grupo aparecen, sin orden determinado, máximas sapienciales, súplicas al Señor, frases de lamentación, alabanzas a Dios, o reafirmaciones del salmista en su conducta. El relieve que tiene la Ley encuadrada en la Alianza recuerda al libro del Deuteronomio; y la interiorización de la misma, al libro de Jeremías. Se trata claramente de un salmo compuesto después del destierro, más para ser leído y meditado personalmente con el fin de estimular la reverencia y la piedad hacia la Ley de Dios, que para ser proclamado en público. Mientras que en otros salmos aparecen las acciones de Dios en la creación y en la historia del pueblo, aquí la gran acción de Dios es haber dado la Ley y comunicado su palabra con las que orienta la vida del salmista y ante las que pide obediencia.

Es un salmo que lleva a desarrollar en la oración el agradecimiento, la súplica y la búsqueda de sabiduría al hilo de la contemplación de la bondad de Dios manifestada en la donación de la Ley. Momentos que resaltan en esta larga composición podrían ser: los vv. 1-3, a modo de introducción sapiencial para alcanzar la felicidad; los vv. 89-91, a mitad del salmo, como proclamación de la autoridad de la palabra de Dios y de su fidelidad; y los vv. 173-176, al final del salmo, como resumen de los sentimientos expresados a lo largo de él.

Esta larga oración sobre la Palabra de Dios escuchada en su Ley, la hace suya el cristiano con una intensidad mayor que la que tiene en el contexto del Antiguo Testamento. Tras haber hablado por medio de Moisés y los Profetas, Dios ha pronunciado su palabra definitiva mediante Jesucristo (cfr Hb 1,1-4). Es más, Cristo mismo es la Palabra de Dios hecha carne (Jn 1,14) y su Persona y sus obras, su enseñanza y su muerte y resurrección, son la Palabra eterna de Dios que se dirige a todos los hombres a través del Evangelio como luz y salvación (cfr 1 Co 15,1-2).

«En todo momento, tu corazón y tu boca deben meditar la sabiduría, y tu lengua proclamar la justicia, siempre debes llevar en el corazón la Ley de tu Dios. Por esto, te dice la Escritura: Hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado. Hablemos, pues, del Señor Jesús, porque Él es la sabiduría, Él es la palabra, y Palabra de Dios. Porque también está escrito: Abre tu boca a la palabra de Dios. Por Él anhela quien repite sus palabras y las medita en su interior. Hablemos siempre de Él. Si hablamos de sabiduría, Él es la sabiduría; si de virtud, Él es la virtud; si de justicia, Él es la justicia; si de paz, Él es la paz; si de la verdad, de la vida, de la redención, Él es todo esto» (S. Ambrosio, Enarrationes in XII Psalmos 36,65).

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