COMENTARIO

 Sal 119,97-104 

La Ley, a la que tanto ama, le ha hecho sabio. La verdadera sabiduría —y con ella la madurez— no depende de la edad (v. 100), sino del cumplimiento de la voluntad de Dios: «Esta sabiduría de corazón, esta prudencia no se convertirá nunca en la prudencia de la carne a la que se refiere San Pablo (cfr Rm 8,6): la de aquellos que tienen inteligencia, pero procuran no utilizarla para descubrir y amar al Señor. La verdadera prudencia es la que permanece atenta a las insinuaciones de Dios y, en esa vigilante escucha, recibe en el alma promesas y realidades de salvación» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 87).

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