COMENTARIO
El recuerdo de cómo el Señor atendió la súplica en otras ocasiones sirve de punto de apoyo para la nueva petición. El salmista pide que su vida —«mi alma» (v. 2)— esté a salvo de quienes le acusan falsamente —«lengua embustera» (cfr Sal 17,9-12; 109,2; etc.—). La manera en la que aquí ora el salmista es un estímulo a no desfallecer en nuestra súplica a Dios: «He gritado —es decir, he rezado con fe— y por esto me escuchaste, Dios mío, como si, introducidos en la intimidad divina por el primer ruego, pudiéramos implorar con mucha más confianza la siguiente vez. Por eso, en la petición dirigida a Dios, la asiduidad, la insistencia, nunca es inoportuna. Al contrario: agrada a Dios» (S. Tomás de Aquino, Compendium theologiae 2,2). Y San Josemaría, reconociendo en las palabras del salmo la voz de Dios, comenta: «Conmueve esta insistencia de Dios, nuestro Padre, empeñado en recordarnos que debemos acudir a su misericordia pase lo que pase, siempre» (Lealtad a la Iglesia, p. 13).