COMENTARIO
La protección del Señor viene expresada con los términos «guardián» y «guarda» constantemente repetidos, y pueden entenderse como respuesta de un sacerdote a la pregunta del v. 1, o como reafirmación hecha a sí mismo por el salmista. El orante puede confiar en que el Señor es su «guardián» porque es el que guarda a Israel; lo ha demostrado en la historia (vv. 3-4). El Señor protege de todos los males como «la sombra» que protege del calor mortífero de los rayos del sol (cfr Is 4,6; 25,4-5; 49,10) y de los rayos de la luna, considerados también perjudiciales (vv. 5-6). Todas las actividades del hombre («tus salidas y entradas») caen bajo esa protección divina (vv. 7-8; Dt 28,6). A la luz de la enseñanza de San Pablo (cfr 2 Ts 3,3), comenta San Agustín: «Aun aquí, rodeados de peligros y de tentaciones, no dejemos por eso de cantar todos el Aleluya. Fiel es Dios —dice el Apóstol—, y no permitirá Él que la prueba supere vuestras fuerzas. Por esto, cantemos también aquí el Aleluya. El hombre es todavía pecador, pero Dios es fiel. No dice: “Y no permitirá que seáis probados”, sino: No permitirá que la prueba supere vuestras fuerzas. No, para que sea posible resistir, con la prueba dará también la salida. Has entrado en la tentación, pero Dios hará que salgas de ella indemne; así, a la manera de una vasija de barro, serás modelado con la predicación y cocido en el fuego de la tribulación. Cuando entres en la tentación, confía que saldrás de ella, porque fiel es Dios: El Señor guarda tus entradas y salidas» (Sermones 256,1,2,3). El sentimiento de la protección paternal de Dios lo han vivido especialmente los santos: «Nuestro Dios no nos pierde de vista, como una madre que está vigilando al hijito que da los primeros pasos. (…) Cuán consolado queda un cristiano, al pensar que Dios le ve, que es testigo de sus penalidades y de sus combates, que tiene a Dios de su parte» (S. Juan Bautista Vianney, Sermón sobre el Corpus Christi).