COMENTARIO
Es el tercero de los salmos de peregrinación o «cantos de las subidas» (120-134) y, como continuación lógica del anterior que se fijaba en la protección de Dios a lo largo del camino (cfr Sal 121), canta la alegría de la llegada (cfr Sal 84;132). La emoción se va haciendo más intensa en el lector de estos salmos.
Comienza con manifestaciones de alegría que abarcan desde el inicio de la peregrinación hasta la llegada a Jerusalén (vv. 1-2). Sigue con aclamaciones a la ciudad (vv. 3-5) y termina con deseos de paz para ella y sus moradores (vv. 6-9). La mención de la «Casa del Señor» (vv. 1.9) hace de marco que engloba a todo el salmo.
También Jesús peregrinó a Jerusalén (cfr Lc 2,41-42) y llevó a ella el mensaje de la paz (cfr Lc 19,42), haciendo suyo este salmo. Pero aquella Jerusalén no quiso reconocerlo. La verdadera y nueva Jerusalén que reconoce a Jesucristo es la Iglesia, que al final de la historia humana aparecerá en todo su esplendor como una ciudad perfectamente construida y rebosante de belleza y seguridad, tal como es descrita, en lenguaje simbólico, en Ap 21,9-27.