COMENTARIO
Aunque con las bendiciones del salmo anterior se cierra el grupo de «cantos de las subidas» (Sal 120-134), este himno es como una prolongación de aquél en cuanto que se inicia con la misma invitación dirigida a los «siervos del Señor» (cfr Sal 134,1; 135,1-2). En sí mismo tiene un carácter antológico, y muchas de sus expresiones aparecen en otros salmos o en otros lugares del Antiguo Testamento. Es, por tanto, un salmo tardío, compuesto probablemente para la liturgia en el Templo, que empieza y termina con la misma expresión de alabanza: Aleluya.
Comienza con la invitación, dirigida a los sacerdotes y a los levitas, para que alaben al Señor (vv. 1-2), y enseguida expone la motivación fundamental: la elección de Israel (vv. 3-4). A continuación se reconoce que Dios es el Creador (vv. 5-7), y el que sacó a Israel de Egipto y le dio la tierra prometida (vv. 8-12). Se alaba su Nombre por la misericordia hacia su pueblo (vv. 13-14) y se muestra la vanidad de los ídolos y de quienes los veneran (vv. 15-18). Concluye con una nueva invitación, dirigida ahora a Israel y a los sacerdotes, a bendecir al Señor con la misma bendición del salmista (vv. 19-21).
La alabanza a Dios por la elección del pueblo que canta este salmo adquiere nuevas dimensiones en la Iglesia, la congregación de los elegidos por Dios y redimidos con la sangre de su Hijo (cfr Ef 1,3-5).