COMENTARIO
La abarcante invitación final a la alabanza (cfr Sal 115,9-11; 118,2-4) concluye con la que realiza el salmista, en la que sin duda queda recogida una expresión litúrgica (v. 21). La designación del Señor como «el que habita en Jerusalén», parecida en cierto modo a «el que habita en la zarza» de Dt 33,16, resume la elección de Israel por parte de Dios (cfr v. 4).
La alabanza a Dios en el Templo, a la que invita el salmo, debe continuar también fuera de él mediante una conducta recta: «Ahora, pues, hermanos, os exhortamos a la alabanza de Dios; y esta alabanza es la que nos expresamos mutuamente cuando decimos: Aleluya. Alabad al Señor, nos decimos unos a otros; y, así, todos hacen aquello a lo que se exhortan mutuamente. Pero procurad alabarlo con toda vuestra persona, esto es, no sólo vuestra lengua y vuestra voz deben alabar a Dios, sino también vuestro interior, vuestra vida, vuestras acciones. En efecto, lo alabamos ahora, cuando nos reunimos en la iglesia; y, cuando volvemos a casa, parece que cesamos de alabarlo. Pero, si no cesamos en nuestra buena conducta, alabaremos continuamente a Dios. Dejas de alabar a Dios cuando te apartas de la justicia y de lo que a Él le place. Si nunca te desvías del buen camino, aunque calle tu lengua, habla tu conducta; y los oídos de Dios atienden a tu corazón. Pues, del mismo modo que nuestros oídos escuchan nuestra voz, así los oídos de Dios escuchan nuestros pensamientos» (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 148,2).