COMENTARIO
Es el primer salmo de súplica en este grupo de salmos de David (Sal 138-145), introducido aquí como prolongación de la oración del desterrado (cfr Sal 137). Retomando posibles sentimientos de David cuando huía de un sitio a otro, se confiesa que en cualquier lugar se está bajo la mirada y el juicio del Señor. Hay ciertas conexiones con el salmo anterior: los designios de Dios con el orante (cfr Sal 138,8) se contemplan ahora con más profundidad en su insondable misterio (Sal 139,17); y los enemigos del salmista (cfr Sal 138,7) son ahora presentados como enemigos de Dios mismo (Sal 139,22). Así, la oración del hombre que siente sobre él la mano del Señor se hace más profunda: apela a Dios reconociéndole omnisciente, omnipotente, creador y justo juez. En este sentido es uno de los salmos más bellos de la Biblia.
El salmista comienza manifestando que Dios conoce todas sus acciones y pensamientos, y que se ocupa especialmente de él (vv. 1-6); aunque quisiera, no podría ocultarse a su mirada (vv. 7-12), puesto que Dios mismo es quien le ha formado en el seno materno y ha dirigido su vida con sus designios misteriosos (vv. 13-18). Por eso acude al Señor pidiendo la desaparición del impío, al tiempo que le profesa su adhesión a Él y se somete a su juicio (vv. 19-24). Al final del salmo (vv. 23-24) se convierte en súplica lo que al comienzo se afirma realizado (v. 1).
Cuando un cristiano reza este salmo reaviva sus sentimientos de dependencia de Dios y de confianza en Él. Siente la cercanía de Dios a través de Jesucristo, que conoce lo más íntimo del hombre (cfr Jn 2,25), y experimenta en su interior la presencia del Espíritu Santo, que todo lo sondea (cfr 1 Co 2,10). El salmo 139 le invita a vivir intensamente la presencia de Dios.