COMENTARIO
El salmista tiene plena seguridad de que Dios acepta las ofrendas y sacrificios realizados en el Templo, y desea que así sea aceptada su oración. Así aplica San Agustín estas palabras a Jesucristo: «Suba mi oración como incienso en tu presencia, el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde. Cualquier cristiano sabe que esto suele referirse a la misma cabeza de la Iglesia. Pues, cuando ya el día declinaba hacia su atardecer, el Señor entregó, en la cruz, el alma que después había de recobrar, porque no la perdió en contra de su voluntad; también nosotros estábamos representados allí. (…) Por tanto, la ofrenda de la tarde fue la pasión del Señor, la cruz del Señor, la oblación de la víctima saludable, el holocausto acepto a Dios. Aquella ofrenda de la tarde se convirtió en ofrenda matutina por la resurrección» (Enarrationes in Psalmos 140,5).