COMENTARIO
Este salmo enlaza con el anterior por la intensidad de la súplica (cfr Sal 141,1-2; 142,3-4) del hombre perseguido al que han tendido un lazo (cfr Sal 141,9; 142,4) y busca refugio en el Señor (cfr Sal 141,8; 142,6). Ahora, sin embargo, se resalta la soledad del orante (142,5) y no se desea, como en Sal 141,10, el castigo de los enemigos. Quizá por eso se ha trasmitido como «de David, cuando estaba en la caverna», viéndole en aquel momento como tipo del hombre perseguido (1 S 22,1; 24,1-16).
Comienza el salmista confesando que en su desgracia acude al Señor (vv. 2-3) y a continuación pide a Dios que mire su situación afligida (vv. 4-5), y que le libre de sus perseguidores (vv. 6-8). Concluye con una afirmación de su esperanza (v. 8b).
La oración del hombre solo y perseguido en este salmo culmina con la que nuestro Señor Jesucristo elevó desde la cruz: «Padre en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46). Dios le escuchó dándole la recompensa al resucitarlo de entre los muertos (cfr Hb 5,7).