COMENTARIO
Se pide al Señor que actúe pronto, en el momento —«de mañana»— en el que manifiesta su bondad (cfr Sal 90,14), librándole de sus enemigos (v. 9) y, sobre todo, ayudándole a mantenerse firme en el cumplimiento de la voluntad divina (vv. 8.10). La acción de Dios guiando al hombre por el camino del bien —«tierra llana» (cfr Sal 26,12)— se atribuye al «espíritu de Dios», a la fuerza divina que actuó en la creación (cfr Gn 1,2), e instruyó a su pueblo en el desierto (cfr Ne 9,20). El «espíritu» del hombre (cfr v. 4) nada puede por sí mismo. «Rezad conmigo al Señor: doce me facere voluntatem tuam, quia Deus meus es tu (Sal 143,10), enséñame a cumplir tu Voluntad, porque Tú eres mi Dios. En una palabra, que brote de nuestros labios el afán sincero de corresponder, con deseo eficaz, a las invitaciones de nuestro Creador, procurando seguir sus designios con una fe inquebrantable, con el convencimiento de que Él no puede fallar. Amada de este modo la Voluntad divina, entenderemos que el valor de la fe no está sólo en la claridad con que se expone, sino en la resolución para defenderla con las obras: y actuaremos en consecuencia» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 198).