COMENTARIO
A todos los mencionados anteriormente se manifiesta la gloria del Señor —su «Nombre»— a través de su poder reflejado en la creación —«su majestad»—, y a través de la exaltación de su pueblo (v. 14a). Por eso éste ha de ser el primero en alabarle desde la tierra, ha de ser el pueblo de la alabanza (v. 14b).
«Toda nuestra vida presente debe discurrir en la alabanza de Dios, porque en ella debe consistir la alegría sempiterna de la vida futura; y nadie puede hacerse idóneo de la vida futura, si no se ejercita ahora en esta alabanza. Ahora, alabamos a Dios, pero también le rogamos. Nuestra alabanza incluye la alegría, la oración, el gemido. Es que se nos ha prometido algo que todavía no poseemos; y, porque es veraz el que lo ha prometido, nos alegramos por la esperanza; mas, porque todavía no lo poseemos, gemimos por el deseo. Es cosa buena perseverar en este deseo, hasta que llegue lo prometido; entonces cesará el gemido y subsistirá únicamente la alabanza» (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 148,1).
La liturgia de la Iglesia emplea este salmo en la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, para expresar la alabanza que le tributa toda la creación, en el cielo y en la tierra.