COMENTARIO
La invitación a alabar al Señor específicamente dirigida a Israel completa las invitaciones a la alabanza hechas en los salmos anteriores (cfr Sal 147-148). Sal 148 concluía con el deseo de que «todos sus fieles», «los hijos de Israel», el «pueblo» íntimo de Dios, entonasen el himno de alabanza (cfr Sal 148,14b); ahora en Sal 149 se señala el cómo y el porqué. El Nombre del Señor (cfr Sal 148,5.13) ha de ser ahora alabado por Israel (cfr Sal 148,14; 149,2) con «danzas» (Sal 149,3), porque Israel forma la asamblea de fieles del Señor creada por Él mismo (Sal 149,1-2) y en la que Él se complace (cfr Sal 148,14; 149,4). El «poder» del pueblo de Dios, ya mencionado en Sal 148,14, se canta en Sal 149,6-9 como victoria y dominio definitivos sobre los demás pueblos.
La invitación introductoria de carácter general a la alabanza litúrgica (v. 1) se concreta dirigiéndola al pueblo, primero para que se alegre porque en él se ha complacido el Señor (vv. 2-4); y después para que dé vítores y sea instrumento de la victoria divina sobre los pueblos (vv. 5-9). La mención de los «fieles» del Señor (vv. 1.5.9) contribuye a mostrar la unidad del salmo.
La perspectiva de victoria definitiva del pueblo de Dios y de venganza sobre las naciones que encontramos en este salmo, queda recogida en términos parecidos en el libro del Apocalipsis, donde se aplica a la victoria de Cristo y de la Iglesia (cfr Ap 19,19-21). Pero en este libro se trata de un lenguaje simbólico para mostrar el triunfo definitivo de Cristo en su segunda venida. Entretanto las «espadas» con las que lucha el cristiano son las armas del Espíritu (cfr 2 Co 6,7; 10,4; Ef 6,12-17; Hb 4,12).