COMENTARIO
El autor sagrado pone esta introducción o prólogo delante de las colecciones de proverbios de distinta procedencia que fue recopilando y que se encuentran a partir del cap. 10. Este prólogo incluye diez lecciones del maestro a su discípulo, al que suele dirigirse llamándolo «hijo mío». Entre éstas se insertan tres discursos sobre la sabiduría, en el tercero de los cuales (8,1-36) la exposición de los motivos acerca de su excelencia llega a su punto culminante. Al final del prólogo, la sabiduría y la necedad invitan al banquete que han preparado, y cada uno debe discernir adónde dirigirse. Estos nueve capítulos tienen como objeto suscitar en los discípulos el afán de saber, de motivar en ellos el deseo de acoger las enseñanzas que se les proponen. Cuando alguien inicia su formación, el esfuerzo que supone replantear los propios hábitos de vida constituye un obstáculo para tomar la decisión de emprender esa tarea. Por eso, en diversos poemas de esta introducción se presenta a la sabiduría como alguien que sale al encuentro e invita a prestar atención a sus enseñanzas. En contraste, la «mujer ajena» intenta seducir al discípulo con sus reclamos para que tome una senda diversa, que lleva a la necedad y conduce al pecado. De este modo se describe el estado de vacilación en el que uno se encuentra ante tales instancias. Los espléndidos discursos de la sabiduría se orientan, pues, a persuadir de las ventajas que tiene instruirse.
«El libro de los Proverbios —advierte San Basilio— es una institución para el arreglo de las costumbres y una corrección de las pasiones: en suma, es una disciplina o enseñanza de la vida que comprende máximas saludables y dictámenes sanos de aquello que conviene practicar. (…) Al mismo tiempo que en este libro [los lectores] aprenderán muchos dogmas de las cosas divinas, se les enseñarán en él muchas verdades de las ciencias humanas: porque en este libro se retrae y rebate de muchos modos el vicio, y se estimula de muchas maneras la virtud. Su doctrina refrena la mala lengua, endereza el ojo que mira lo malo, no consiente que nadie haga mal ni daño a otro, ahuyenta la ociosidad, reprime los deseos torpes, enseña la prudencia, muestra la fortaleza, y encomienda la templanza. Por tanto, cualquiera que aprenda estas cosas, y aborrezca en sí lo malo, y se incline con mayor y más fuerte ímpetu hacia lo bueno, siendo sabio por sí, se hará más sabio por la consumación y perfección de doctrina que se le dará en este libro» (In principium Proverbiorum 1 y 15).