COMENTARIO
La expresión «hijo mío» con la que se inician todas las lecciones del prólogo sitúa la instrucción en ámbito familiar e invita a acoger las enseñanzas de los padres, es decir, la sabiduría tradicional. Tal modo de hablar es frecuente en los escritos sapienciales del antiguo Oriente Medio y también se usa en Israel. Aquí es un recurso literario, ya que la forma de los poemas, más o menos amplios, que integran el prólogo delata su composición originariamente escrita.
La primera lección incide en una recomendación práctica, necesaria para que la instrucción pueda ser bien acogida: conviene evitar la compañía de personas que puedan torcer el camino. Con frecuencia los maestros de espiritualidad invitan a afrontar con claridad el discernimiento de las personas cuyo trato frecuente enriquece o, por el contrario, perjudica interiormente: «Dime —plantea de modo directo San Josemaría Escrivá—, dime: eso… ¿es una amistad o es una cadena?» (Camino, n. 160).
Una primera tentación con la que se encuentran quienes buscan el bien es la presión moral de los pecadores dirigida a disuadirlos de mantenerse íntegros en sus convicciones (cfr vv. 11-14).