COMENTARIO

 Pr 1,20-33 

No sólo el maestro reclama la atención de sus discípulos, sino que la misma sabiduría sale al encuentro de los hombres para entregar sus bienes a quienes la acojan. En este discurso, lo mismo que en los otros dos que se encuentran más adelante (3,13-20 y 8,1-36), la sabiduría aparece descrita con rasgos propios de una persona viva que dirige su mensaje a todos los hombres. Las «plazas» (v. 20), posiblemente las explanadas que se abren ante las puertas de la muralla que protege la ciudad, eran lugar habitual de encuentro entre la gente, y donde se reunía el consejo de los ancianos. La sabiduría habla en público, ya que su llamada no se dirige a un grupo de selectos sino a todos en general.

Sus palabras tienen un tono distinto a los oráculos de los profetas. Éstos pronuncian sus mensajes en nombre de Dios, mientras que la sabiduría lo hace en nombre propio, de forma semejante a como lo hace Dios. Sus consejos ofrecen serenidad y confianza a quienes los acogen, de modo que, a pesar de las asechanzas de los malvados (cfr 1,11-14), proporcionan paz: «Quien me escucha vivirá seguro y tranquilo sin temer mal alguno» (v. 33).

El rechazo a la sabiduría aquí descrito (vv. 24-32) tiene su eco en el Nuevo Testamento en el rechazo a Jesucristo, Sabiduría encarnada: «Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron» (Jn 1,11). En cambio, las consecuencias que se derivan de acoger a la Sabiduría de Dios no son comparables en ambos Testamentos. En el Antiguo se dice que quien escucha a la sabiduría tendrá seguridad y tranquilidad. En el Nuevo, concretamente en el mensaje del Evangelio de San Juan, se dice mucho más: «Pero a cuantos le recibieron les dio la potestad de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre, que no han nacido de la sangre, ni de la voluntad de la carne, ni del querer del hombre, sino de Dios» (Jn 1,12-13).

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