COMENTARIO
En la segunda lección el maestro une la adquisición de la sabiduría a escuchar y obedecer sus palabras, y pondera las ventajas que trae consigo su aprendizaje, al tiempo que enseña las condiciones necesarias para ello. Si Dios encuentra ahí, donde se fraguan las más intimas decisiones, la rectitud necesaria para acoger su palabra, otorga el don de la sabiduría (vv. 6-7). La sabiduría no es, pues, tanto un saber que alguien pueda adquirir por sus propios medios, como una dádiva que el Señor otorga a quienes encuentra bien dispuestos. De entrada se requiere tener un corazón propicio (cfr v. 2). «El corazón es la morada donde yo estoy, o donde yo habito (según la expresión semítica o bíblica: donde yo “me adentro”). Es nuestro centro escondido, inaprensible, ni por nuestra razón ni por la de nadie; sólo el Espíritu de Dios puede sondearlo y conocerlo. Es el lugar de la decisión, en lo más profundo de nuestras tendencias psíquicas. Es el lugar de la verdad, allí donde elegimos entre la vida y la muerte. Es el lugar del encuentro, ya que a imagen de Dios, vivimos en relación: es el lugar de la Alianza» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2563).
Quien recibe ese don nada tiene que temer ante las insidias de los malvados (vv. 12-15) ni frente a la seducción de la «mujer ajena» (vv. 16-19). La «mujer ajena» o «extranjera» (cfr v. 16; 5,3; 6,24; 7,5) se refiere a mujeres no israelitas que ejercían la prostitución. Quizá es también un modo metafórico de designar los encantos que los cultos extranjeros tenían para la gente del pueblo de Dios, y que repetidas veces fueron ocasión de tropiezo para Israel. En cualquier caso, su estrategia consiste en seducir con palabras amables que pretenden arrastrar con su atractivo, pero que llevan a la perdición. Tiene la astucia mortal de la serpiente que sedujo a Eva (cfr Gn 3,1-15).