COMENTARIO
Además de la aceptación de la enseñanza del maestro, la adquisición de la sabiduría implica bondad personal y confianza en el Señor. Sólo es digno de recibir la sabiduría quien es fiel. Sin embargo, al tratar aquí de la fidelidad no se aducen motivos religiosos relacionados con lo pactado en la Alianza de Dios con su pueblo, como en muchos otros lugares de la Biblia. Solamente se exige la adhesión personal al Señor, una relación personal con Dios, que lleva a tenerlo siempre presente (vv. 5-6) y a ofrecerle sacrificios (v. 9), como manifestación del reconocimiento debido a Aquel de quien se ha recibido todo.
Quien posee bondad y fidelidad (cfr v. 3) y honra al Señor con ofrendas, gozará de grandes bienes que el Señor le otorgará. Precisamente en el Evangelio, bondad y fidelidad son las características en las que se resumen las buenas cualidades de quienes se hacen merecedores del premio: «Muy bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en la alegría de tu señor» (Mt 25,21.23).
La confianza en Dios se concreta en seguir la guía de sus mandamientos (vv. 5-6). En este sentido San Basilio comenta: «Acostumbran los marineros para la dirección de sus rutas mirar al cielo, y por él gobiernan el viaje de navegación: de día mirando al sol, y de noche a la Osa u otra de las estrellas que lucen siempre. Por medio de ellas y con su dirección aseguran el camino recto al navegar. Levanta, pues, tú los ojos al cielo, según aquel que dijo: A ti levanto mis ojos, a ti que habitas en el cielo. Mira al sol de justicia y, dirigiéndote los mandamientos del Señor como unos astros muy brillantes ten tus ojos en vela, no los des ni entregues al sueño, ni consientas que se adormezcan sus párpados, para que siempre vayan delante y te conduzcan los divinos preceptos» (In principium Proverbiorum 17).
Los vv. 11-12 son citados en la Carta a los Hebreos para enseñar que los sufrimientos son manifestación del amor paternal de Dios y al mismo tiempo prueba de nuestra condición de hijos suyos: «Lo que sufrís sirve para vuestra corrección. Dios os trata como a hijos, ¿y qué hijo hay a quien su padre no corrija?» (Hb 12,7).