COMENTARIO

 Pr 3,21-35 

En la cuarta lección, el maestro enseña al discípulo algunas normas concretas para comportarse como corresponde a quien desea ser sabio. Los que llevan a la práctica esas indicaciones pueden vivir tranquilos, ya que el Señor protege a quienes siguen el camino de la sabiduría (vv. 25-26).

Una aportación especialmente importante de la sabiduría consiste en descubrir el modo en que las relaciones entre personas pueden mantenerse en armonía. En concreto, esto sucede cuando se busca sin hipocresías el bien del prójimo y no se es remiso en prestar ayuda cuando hace falta (vv. 27-31). Todo ese empeño requiere actuar con inequívoca rectitud de intención y con sencillez. Sólo así el Señor puede hacerse presente en la conciencia del hombre (v. 32). «La conversación íntima de Dios —comenta San Gregorio Magno— consiste en revelar sus secretos a las almas humanas, ilustrándolas con su presencia. Se dice que tiene conversación íntima con los sencillos porque, con la luz de su visita, revela los misterios divinos a las almas de aquellos que no están ensombrecidos con ninguna doblez» (Regula pastoralis 3,11).

«A los humildes da su gracia» (v. 34). En el Nuevo Testamento se alude por dos veces a esta afirmación para señalar la actitud que conviene tener para aprovechar los dones de Dios. En la Primera Carta de San Pedro, tras hablar a los ancianos y a los jóvenes acerca de la necesaria armonía entre unos y otros, se dice: «Y todos, revestíos de humildad en el trato mutuo, porque Dios resiste a los soberbios y a los humildes da la gracia. Humillaos, por eso, bajo la mano poderosa de Dios, para que a su tiempo os exalte. Descargad sobre Él todas vuestras preocupaciones, porque Él cuida de vosotros» (1 P 5,5-7). Y en la Carta de Santiago, tras recordar esas palabras de la Escritura, se añade: «Por eso, estad sujetos a Dios. Resistid al diablo, y él huirá de vosotros. Acercaos a Dios, y Él se acercará a vosotros. Limpiad vuestras manos, pecadores, y purificad vuestros corazones, hombres vacilantes. Reconoced vuestra miseria, afligíos y llorad. Que vuestra risa se convierta en llanto, y vuestra alegría en tristeza. Humillaos en presencia del Señor, y Él os ensalzará» (St 4,7-10).

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