COMENTARIO

 Pr 4,1-9 

El maestro resalta el carácter tradicional de la sabiduría y exhorta a adquirirla. La sabiduría, como ya se había dicho, no es sólo el resultado de un esfuerzo personal por discernir adecuadamente las realidades del mundo, sino un don de Dios (cfr 2,6) que llega a través de la enseñanza de los hombres. «El hombre no ha sido creado para vivir solo. Nace y crece en una familia para insertarse más tarde con su trabajo en la sociedad. Desde el nacimiento, pues, está inmerso en varias tradiciones, de las cuales recibe no sólo el lenguaje y la formación cultural, sino también muchas verdades en las que, casi instintivamente, cree. (…) Las verdades simplemente creídas son mucho más numerosas que las adquiridas mediante la constatación personal» (S. Juan Pablo II, Fides et ratio, n. 31).

La «diadema» (v. 9) que pone la sabiduría sobre la cabeza del que la busca es una metáfora de la fidelidad. En efecto, la figura alude con toda probabilidad a los ritos tradicionales de celebración del matrimonio, en los que se imponía una diadema sobre la cabeza de los contrayentes como señal del compromiso mutuo que los unía a partir de ese momento (cfr Ct 3,11; Is 61,10).

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