COMENTARIO
En la tradición hebrea es muy frecuente la metáfora del camino para aludir al comportamiento práctico. La imagen de los dos caminos que aquí aparece tuvo gran difusión tanto en los escritos judíos posteriores como en la literatura cristiana primitiva. En el Evangelio aparece esa metáfora en labios de Jesús: «Entrad por la puerta angosta, porque amplia es la puerta y ancho el camino que conduce a la perdición, y son muchos los que entran por ella. ¡Qué angosta es la puerta y estrecho el camino que conduce a la Vida, y qué pocos son los que la encuentran!» (Mt 7,13-14).
Uno de los escritos cristianos más antiguos, la obra conocida como Didaché o Doctrina de los Doce Apóstoles, comienza aludiendo a esa comparación: «Dos caminos hay, uno de la vida y otro de la muerte; pero grande es la diferencia entre estos dos caminos» (Didaché 2). Este motivo literario ha inspirado bellas páginas de la literatura y de la ascética cristiana, como ésta de San Josemaría Escrivá: «Recuerdo ahora —seguramente alguno de vosotros me habrá oído ya este mismo comentario en otras meditaciones— aquel sueño de un escritor del siglo de oro castellano. Delante de él se abren dos caminos. Uno se presenta ancho y carretero, fácil, pródigo en ventas y mesones y en otros lugares amenos y regalados. Por allí avanzan las gentes a caballo o en carrozas, entre músicas y risas —carcajadas locas—; se contempla una muchedumbre embriagada en un deleite aparente, efímero, porque ese derrotero acaba en un precipicio sin fondo. Es la senda de los mundanos, de los eternos aburguesados: ostentan una alegría que en realidad no tienen; buscan insaciablemente toda clase de comodidades y de placeres…; les horroriza el dolor, la renuncia, el sacrificio. No quieren saber nada de la Cruz de Cristo, piensan que es cosa de chiflados. Pero son ellos los dementes: esclavos de la envidia, de la gula, de la sensualidad, terminan pasándolo peor, y tarde se dan cuenta de que han malbaratado, por una bagatela insípida, su felicidad terrena y eterna. Nos lo advierte el Señor: quien quisiere salvar su vida, la perderá; mas quien perdiere su vida por amor a mí, la encontrará. Porque ¿de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma (Mt 16,26)» (Amigos de Dios, n. 130).
Para acertar en la elección del buen camino es necesario contemplar las posibles alternativas que se nos ofrecen con una mirada atenta. Sólo con una actitud reflexiva podrá el hombre mantenerse firme en el camino elegido (vv. 25-26). «En verdad —comenta San Gregorio Magno— tu vista precede a tus pasos cuando los rectos consejos preceden a tu actuación. El que rechaza mirar considerando lo que va a hacer, camina con los ojos cerrados y continuando su camino no ve delante de sí, y por eso mismo cae antes, porque no atiende con la mirada del consejo dónde debía poner el pie de su acción» (Regula pastoralis 3,15).